Esta es una de las principales características de nuestra época, que explica en parte la actual degradación general de la espiritualidad, la cultura y la política.
Al analizar este tema surge siempre un problema, y es que justamente la mayoría de psicólogos, sociólogos, antropólogos y otros estudiosos expertos en estas materias desde hace tiempo trabajan para preservar y profundizar este modelo.
En el capitalismo de antaño existía una clara y evidente distinción en cuanto a la apariencia de los ricos y pobres, ya que la diferencia en el nivel de educación y de los ingresos entre ellos era absolutamente evidente y no dejaba lugar a dudas ni a interpretaciones. Antes los pobres no viajaban, no iban a restaurantes, vestían ropa vieja y gastada, y en su mayoría no tenían ni la posibilidad ni el deseo de ocultarlo. No siempre todos ellos deseaban solo hacerse ricos; también soñaban con una sociedad más justa e incluso luchaban por eso, dejando como prueba las grandes revoluciones a lo largo de todo el siglo pasado en diferentes partes del planeta. La mayor parte de los logros sociales de hoy no son las míticas bondades del no existente "sistema social de mercado", sino que fue el resultado directo de sus luchas.
Hoy vivimos en un mundo con desigualdades mucho peores y más grandes que hace 50 o 100 años. La brecha entre la minoría superhipermegarrrica y el resto de la población se ha multiplicado. Pero el sistema también ha perfeccionado bastante el arte de su maquillaje. El capitalismo moderno ha creado y nos ha impuesto su propia óptica, totalmente diferente a la de ayer. El culto a las ilusiones y a la imagen del éxito se ha convertido en una psicosis masiva que ha contagiado por igual a todos los estratos sociales de las nuevas generaciones. El sistema ha ofrecido a los pobres la casi irresistible oportunidad de "no parecer pobres".
A la sociedad se le ha vendido un anestésico total que anula a la vez la sensibilidad y la memoria, para que dejemos de ver y analizar nuestra propia realidad y, por lo tanto, no seamos capaces de luchar por cambiarla. Nos han desclasado con el sueño del éxito. En lugar de cambios democráticos reales en nuestro entorno, los medios de comunicación y las redes sociales han "democratizado" la falsa idea de la "igualdad de oportunidades". Las diversas ONG y fundaciones, que trabajan a sueldo y en interés de las grandes corporaciones, nos han llenado la cabeza y el corazón con la "lucha" contra todo tipo de injusticia social, desviando nuestra atención de su causa principal: el carácter de clase de la sociedad capitalista que representan. Han hecho todo lo posible para que nos olvidemos de nuestros orígenes y de nuestros intereses colectivos.
Nos han contagiado con la ilusión del éxito individual y nos han empujado a una carrera por el estatus. Las vidas se han convertido en una búsqueda de selfis y 'likes'. Las miradas envenenadas con el brillo de luces y colores ya no saben distinguir entre negro y blanco ni disfrutar los mil matices que nos ofrece la vida. Millones de pobres explotados e ignorantes obtuvieron el acceso a productos y tecnologías baratas, que por fin hicieron factible su sueño inculcado, de poder crear la apariencia necesaria para tener el acceso al mundo de los ricos, que además se convirtió en su único sueño.
Las múltiples posibilidades de edición de fotos y videos ofrecen la oportunidad de retocar, completar o redibujar cualquier imagen a los soñadores carentes de imaginación, logrando paisajes o lugares de lujo donde aparentemente ellos son los únicos allí, en sitios donde se ven montones y colas largas de turistas para la foto. Además, los trabajadores abusados, explotados e idiotizados han adquirido una libertad ilimitada para asfixiarse a sí mismos mediante créditos.
Recuerdo que en un país latinoamericano, después de la dictadura, en los años 90, nos impresionó mucho en aquel entonces, descubrir que varias personas que se iban "de compras" a los supermercados, al terminar su visita dejaban allí los carritos llenos de productos caros. Su único objetivo era que sus compañeros de trabajo y vecinos los vieran dándose el lujo de comprar las frutas prohibidas del mercado. Al mismo tiempo nos enteramos que cuando la policía paraba a los conductores que hablaban por el móvil (por aquel entonces, un lujo exclusivo) para multarlos, descubrían que se trataba de imitaciones de teléfonos hechas de madera… Y cómo olvidar, por último, a todos los que por aquel entonces conducían sus autos con las ventanillas cerradas, incluso cuando en la calle hacía un calor infernal, sólo para que los que estaban alrededor, pensaran que tenían aire acondicionado… Recuerdo la sensación de asombro y vergüenza que esto provocaba en muchos de nosotros. Algunos creyeron entonces que era una "enfermedad pasajera" producto del "crecimiento económico". En realidad, a diferencia de la enfermedad, la economía no creció mucho. Y si creció, no fue para la mayoría de la gente.
Pero a lo largo de las últimas décadas, esta enfermedad se ha ido convirtiendo poco a poco casi en una norma general de comportamiento. Precisamente por eso (o sea no sólo por eso, sino por eso también), en tantos países siguen triunfando democráticamente diversos monstruos, fruto del profundo letargo de la razón de los pueblos.
La sociedad actual, desclasada, hipócrita y profundamente carente de espíritu, es a la vez el producto y el instrumento de este tipo de "democracia", que aterroriza a los ignorantes con ideologías que ellos no comprenden y con un futuro que les fue robado.



