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La crisis de Ceuta y el fin del 'jardín europeo'

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La crisis demuestra que la migración se ha convertido en un arma política y que Europa ya no controla el juego en sus propias fronteras, indica el analista Timoféi Bordachiov.
La crisis de Ceuta y el fin del 'jardín europeo'

La irrupción de marroquíes en los enclaves españoles representa una nueva realidad de las relaciones de Europa con el mundo que la rodea. Y, al mismo tiempo, un excelente ejemplo de hasta qué punto la política actual difiere de lo que hasta hace poco se presentaba como la perspectiva de futuro. En el transcurso del 30 de julio, alrededor de 60.000 migrantes ilegales procedentes del vecino Marruecos irrumpieron en la ciudad española de Ceuta, y poco después prácticamente todos regresaron a su lugar de origen. No puede decirse que algo semejante hubiera podido ocurrir en cualquier época histórica: esta situación es producto de la realidad política propia de nuestros días.

Hay que empezar señalando que en esta crisis repentina no hay un solo participante cuya postura parezca siquiera mínimamente moral o acorde con nuestras ideas sobre el comportamiento de un gobernante digno. Madrid provocó nuevas oleadas migratorias con sus decisiones de facilitar la regularización de los refugiados. Existe la opinión de que el Gobierno socialista necesita esto para atraer mano de obra al territorio del reino: personas que, con el tiempo, se convertirán en un electorado leal a la izquierda. En un contexto de creciente popularidad de los partidos de derecha y, en general, de las fuerzas políticas antisistema en casi toda Europa, las élites tradicionales, entre las que se cuentan los socialistas españoles, tienen un interés vital en incorporar nuevos ciudadanos.

Marruecos, representado por su máximo gobernante, el rey Mohamed VI, al abrir las puertas de salida, dejó claro que está descontento con la política de Madrid en el norte de África. Al mismo tiempo, inició una nueva ronda de negociaciones sobre las subvenciones por parte de España y de la Unión Europea a cambio de seguir desempeñando el papel de 'filtro' de los flujos migratorios que se dirigen desde África hacia el 'jardín floreciente'. Tampoco parece infundada la suposición de que en Rabat desearían desviar hacia la antigua metrópoli colonial parte del descontento social acumulado dentro del país.

Como era previsible, los aliados de España en la Unión Europea reaccionaron clamando por la necesidad de excluir temporalmente al reino del espacio Schengen de libre circulación y cerrando físicamente sus fronteras con él. Y la burocracia europea en Bruselas también exigió, de manera igualmente previsible, que Madrid resolviera el problema por sí sola.

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En otras palabras, el problema de la llegada de migrantes a Europa desde los países de África y Oriente Medio, que hace 10 años parecía una tragedia, se ha convertido ahora en parte de la vida política en varios niveles al mismo tiempo: a nivel interno para los dos países implicados en la crisis, el bilateral y el paneuropeo. Menos mal que Marruecos no fue admitido en los BRICS, porque de lo contrario habría que responder a la pregunta de por qué esa respetable asociación no hizo oír su voz de peso durante la crisis.

De todo este ajetreo cínico pueden extraerse varias conclusiones de importancia teórica y práctica. En primer lugar, resulta evidente hasta qué punto la verdadera posición de Europa en la política exterior y su papel en el mundo difieren de lo que se prometía a los ciudadanos europeos (y no solo a ellos) hace apenas un par de décadas.

La Unión Europea del 'jardín floreciente' se nos presentaba muy seriamente como un modelo de orden cívico capaz de difundir normas de conducta dignas tanto en su interior como en la escena internacional, al menos entre sus vecinos más próximos.

No es ningún secreto que incluso en sus mejores años la UE comerciaba con el 'acceso al cuerpo' (la exención de visado) para obtener ventajas económicas o políticas. Sin embargo, era difícil siquiera imaginar que los gobiernos de grandes Estados europeos convirtieran una cuestión tan estrechamente vinculada con la seguridad de sus propios ciudadanos en objeto de maniobras políticas tanto internas como externas.

En segundo lugar, resulta revelador hasta qué punto ha cambiado, en comparación con épocas anteriores, la imagen del gobernante digno. En el pasado, los máximos dirigentes de países relativamente grandes como Marruecos o Turquía difícilmente habrían considerado digno de sí mismos gestionar los flujos migratorios con el fin de obtener beneficios políticos o materiales. Especialmente cuando, como ocurrió en el caso de Ceuta, la inmensa mayoría de ese flujo estaba compuesta por sus propios ciudadanos. Esto ofrece, sin duda, motivos para replantearse las concepciones tradicionales sobre lo que diferencia a un Estado de un territorio dirigido por un clan gobernante.

Y, por último, lo que está ocurriendo en las relaciones de Europa con sus vecinos del sur y del sureste demuestra hasta qué punto son dignas las relaciones entre Rusia y nuestros vecinos meridionales de la Comunidad de Estados Independientes. Resulta difícil incluso imaginar algo semejante en las relaciones con países como Azerbaiyán o Uzbekistán, donde también ha habido problemas de carácter socioeconómico. Sin embargo, la armonía que reina en nuestros espacios euroasiáticos no es algo dado, sino el resultado del respeto mutuo y de un trabajo paciente y constante. Y, por tanto, debe permanecer siempre bajo una protección incesante.

Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club de Debate Internacional Valdái

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